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Escribiendo el Caribe 2025

Segundo puesto, categoría C

Una fría pesadilla entre tierras calientes

Miguel Ángel Velásquez

I. E. Promoción Social de Cartagena · grado 10.º · Cartagena de Indias, Bolívar

957 palabras · unos 5 min de lectura

Nadie sabe con certeza si aquella noche fue real o tan solo el eco de un recuerdo incubado en el vientre de algún delirio tropical. Lo cierto es que no era noche, aunque lo pareciera. Era una eternidad espesa, un sudario colgado sobre ramas dobladas y retorcidas qué le pertenecen a los manglares, tan negra y cerrada como las bocas de los muertos que nunca fueron enterrados… Y yo corría. Corría como si las ánimas de mis abuelos cimarrones me soplaran en la nuca, gritándome con tambores viejos que el tiempo se estaba acabando.

El suelo ardía como carbón viejo, pero ya no quemaba; palpitaba. Y cada grano de arena era un tambor enterrado, repitiendo el mismo palpitar ancestral de un pueblo que nunca logró descansar. El mar, que solía ser consuelo, solo escupía silencio. Y el aire tenía ese mismo sabor salado que tienen las despedidas en las orillas del Caribe: ese sabor que pica en la garganta, que se queda en las lágrimas, que arde pero también acaricia… De pronto, todo cesó. Y el silencio se hizo tan denso que podía cortarse con un machete. No había mar, ni viento, ni el canto de un saltamontes. Solo un viejo reloj, oxidado por el salitre, que parecía flotar en el aire como una campana maldita marcando una hora olvidada… Tic… tac… TIC… tac… Tic… TAC… tic… Cada latido suyo era como un eco de mi propio corazón, tambor de velorio resonando en la espesura. Y entonces abrí los ojos… O creí haberlo hecho.

La habitación era blanca como la memoria de los muertos. Tan blanca como los vestidos de las vírgenes abandonadas en altares sin velas. Había una sola ventana, redonda y absurda, como el ojo de un pez que aún no ha comprendido que está muerto. Más allá, un mar sin olas se extendía hasta el infinito, y bajo sus aguas, los corales dormían como labios sin besos. El olor a sal seguía allí, fiel como una promesa antigua, perforando mis recuerdos con alfileres invisibles.

—No sé qué significa esto —dije, con una voz que ya no me pertenecía.

Porque eso eran las palabras: cáscaras vacías, pájaros sin canto, ecos de un idioma que ya no existía. Me sentí como un loro mudo encerrado en la jaula del tiempo. El reloj marcaba las 9:30, pero el sol no calentaba. Iluminaba sin piedad, como un ojo de Dios ciego. Todo era claridad sin consuelo. Frío sin invierno. Yo, un cuerpo lleno de sueños ajenos.

—Tengo sueño —susurré, como si el sueño fuera la única patria posible.

Y mis ojos cesaron. Al hacerlo, caí en otra eternidad. Una más. Un abismo sin fondo, sin voz ni forma, como el útero de la nada. Me dejé llevar. Ya no quería luchar. El sueño era más real que esta vigilia pálida. Y entonces, como en las viejas coplas de los ciegos que cantan en las plazas, una frase emergió de entre la niebla: «El día que el show terminó» pero… ¿qué es un show sin aplausos? ¿Qué es una palabra sin oídos a los cuales llegar? Abrí los ojos. Y supe que aún no era tiempo. El telón apenas comenzaba a alzarse, me incorporaba, preparándome para mi acto final, cuando un golpe en la puerta me arrancó de la escena.

—Señor —dijo una voz con acento de pueblo chico—. Lo busca alguien. Dice que es su fan más fiel.

Pensé en negarme. La gloria no admite interrupciones. Pero la devoción, incluso cuando nace en la locura, tiene el peso de lo sagrado. Dudé. Y en la duda se coló el destino… No abrí. Y fue entonces cuando escuché el lamento. Primero suave, como tambora sin rumbo. Luego un chillido. Un quejido. Un desgarrón en el aire. Y cuando por fin abrí la puerta, lo que vi fue un pueblo que corría sin saber por qué, como en las fiestas de Noviembre cuando alguien grita que hay machete. Me uní a ellos. No por miedo, sino por inercia. Las calles, antes llenas de risas, eran cementerios de pasos. Cada huella era un eco. Cada sombra, un espectro. El cielo se oscureció, y la luna, altiva, se tragó al sol… Eclipse.

La marea se volvió negra. Los arrecifes, tumores dormidos… Y corrí… Corrí como si la tierra fuese a volcarse. Mis piernas eran ramas rotas, mi pecho, tambor sin cuero. El cielo era ahora un manto de duelo. Era mi pesadilla hecha carne y hueso. Y entonces, lo hice: giré la cabeza. Y lo vi… Era… ¡¿YO?!

O una versión de mí hecha de humo, sal y sombra. Caminaba tras de mí con mis mismos gestos, mis mismos errores, el mismo miedo. Y cuando me detuve, él también lo hizo. Se acercó. Me miró con mis propios ojos, y con mi propia voz, grito:

—¡DESPIERTA!

Abrí los ojos. ¿Cuantas veces van?... ¿Por qué no había mar?... ¿Dónde quedo mi ventana? Solo blancura… Silencio. Y pasos que se acercaban. La puerta se abrió con una lentitud vieja. Y apareció ella. Una mujer de mar. No joven, ni vieja. Vestida de espuma. Con la piel fría como la madrugada de los velorios. Cabello negro como el fondo del océano. Y sus labios… rojos como un coral sangrando. No hablaba. Solo avanzaba. Quería moverme. Pero mi cuerpo me desobedecía. Y cuando se inclinó… al oído me habló con una voz tan suave que no era voz sino una leve brisa con olor a sal, y de ella salió:

—Duérmete…

Y entonces mi corazón, ese tambor fiel de tantos carnavales, obedeció. Se detuvo. Y no hubo miedo alguno. Ni dolor. Ni tiempo. Solo la pregunta que flota en la boca de los ahogados: ¿Qué significa vivir… si los sueños son más reales que la vigilia?