Primer puesto, categoría C
Yo quiero ir a la luna
Juan José Arellano Castellón
I. E. John F. Kennedy · grado 11.º · Cartagena de Indias, Bolívar
Me llamo Camilo y tengo diez años. Mi mamá dice que hablo mucho, pero yo creo que hablo lo justo, solo que el mundo no escucha suficiente. Desde hace meses estoy construyendo un cohete. No uno de verdad porque no tengo plata ni gasolina de astronautas, sino uno que estoy haciendo con cajas de cartón, tubos de papel higiénico y un casco que era de mi papá cuando trabajaba en construcción. Lo pinto todas las tardes con témperas azules y plateadas. Y cuando termino, me acuesto dentro de él y miro el techo, que para mí es el cielo. Yo quiero ir a la luna. No porque quiera ser famoso, sino porque desde allá lo vi en un documental todo se ve chiquito, hasta los problemas.
Mi mamá me dice que la luna no está tan cerca, pero yo no le creo del todo.
Porque a veces, cuando cierro los ojos, siento que la luna me habla. Me dice cosas que nadie más oye, como si me guardara un secreto. «Camilo, aquí no hay dolor», me susurra. Y yo le creo.
A veces le cuento mis planes a mi hermana menor, Lucía. Ella dice que si me voy, me tiene que acompañar porque no sabe dormir sola. Le prometí que la llamaría por radio desde el espacio. «Houston, tenemos un abrazo pendiente», le diré.
Mi cuarto está lleno de estrellas que recorté con cartulina. Las pegué en las paredes y también en el techo. De noche apago la luz y las miro brillar con la linterna. Es mi cielo particular. Ahí está Orión, la Osa Mayor y un punto grande que es la luna, aunque a veces parece más una arepa mal recortada. La enfermera dice que tengo mucha imaginación. Yo le digo que ella tiene poca.
El hospital no es tan malo cuando uno sabe inventar mundos.
Mi cama es mi nave, los cables que me conectan son mis propulsores y los pitidos de la máquina son el conteo regresivo. Cinco, cuatro, tres, dos, uno... Y despego.
Desde mi ventana se ve una parte del cielo. Ahí es donde practico los despegues. Cada vez que veo pasar una nube grande, digo que es mi cohete que ya está calentando motores.
El doctor dice que pronto me sentiré más cansado. Pero yo sé que es porque los astronautas también se cansan antes del lanzamiento. Todo viaje necesita energía, eso lo aprendí viendo a Neil Armstrong en un libro viejo que trajo mamá. Él dijo una vez que fue «un pequeño paso para el hombre y un gran salto para la humanidad».
Yo no entiendo bien esa frase, pero me gusta cómo suena. Yo, en cambio, daré un salto chiquito, pero será mío.
Hoy vino mamá con una caja llena de cosas: mis juguetes, mis dibujos, una foto de mi papá y una bandera que hice con retazos de tela. Dice que quiere tenerlas listas «por si acaso».
Yo le respondí que las voy a necesitar para decorar mi cohete.
Ella no dijo nada, solo me abrazó. Su abrazo fue tan largo que pensé que quería irse conmigo a la luna.
A veces, por las noches, me duele el cuerpo y me cuesta dormir.
Entonces cierro los ojos y pienso en el espacio: en los planetas flotando, en los astronautas sonriendo, en la luna esperándome con su cara redonda y amable.
Yo sé que allá todo brilla diferente. Yo sé que allá no hay hospitales ni agujas ni pastillas que saben a metal.
Lucía me preguntó ayer qué haría cuando llegara a la luna. Le dije que construiría una casa de vidrio para ver las estrellas desde la cama. Y que plantaría una mata de mango, porque no hay nada más triste que un cielo sin mango. Ella se rió. A mí me gusta cuando se ríe, porque cuando se ríe, no parece que tuviera miedo.
Esta mañana le pedí a mamá que no llorara más.
Le prometí que le mandaría una piedra lunar para que la guarde debajo de la almohada. «Así siempre sabrás que estoy cerquita», le dije.
Ya casi está listo mi cohete. Le pegué un letrero que dice «Camilo I», porque será el primero de muchos. Cuando despegue, voy a saludar a todos los que me quieran desde allá arriba. A Lucía, a mamá, al doctor, a la enfermera de poca imaginación. Esta noche despego. Ya tengo puesta mi bata blanca mi traje espacial, y la linterna alumbra justo donde está la luna. La máquina hace más ruido que nunca. Parece el motor encendido. Siento calor, y también un poco de sueño.
Cierro los ojos. Escucho el conteo final: Cinco... cuatro... tres... dos... uno... Despego. El ruido se apaga y todo se vuelve luz. Desde aquí, la Tierra se ve pequeñita. Y mi mamá también. Pero su abrazo sigue llegando, aunque esté tan lejos.
Ahora entiendo lo que me dijo la luna: aquí no hay dolor. Solo paz, Solo silencio, Solo estrellas.