Nota editorial
Lo que empezó a escribirse solo
Fernan Acosta Valdelamar
Representante legal · Observatorio del Caribe Colombiano
Hay un momento, en la vida de cualquier programa, en que sus resultados dejan de parecerse a lo que uno esperaba y empiezan a parecerse al país donde ocurren. A Escribiendo el Caribe le pasó hace unos cinco años. Este libro es la primera vez que lo dejamos consignado por escrito.
Durante las primeras ediciones del concurso, los textos que llegaban se apoyaban casi siempre en mundos inventados: reinos, criaturas, viajes a lugares que no figuran en ningún mapa. Eso está bien, y es lo que uno espera de la escritura escolar. Pero en los últimos cinco años la naturaleza de los textos cambió, y cambió de manera sostenida. Los jóvenes del Caribe dejaron de refugiarse en la fantasía y empezaron a traducir lo que tienen enfrente. Empezaron a llegar historias que se cuentan solas porque la realidad las escribió primero, y que muestran sin adornos lo duras que son las dificultades de esta región.
Cabe preguntarse qué fue lo que cambió: si los jóvenes, o aquello que como región nos permitimos poner por escrito. Me inclino por lo segundo. Orlando Fals Borda dedicó buena parte de su obra a demostrar que la Costa tenía una historia propia que la historiografía nacional no había querido escuchar, y que para contarla había que inventar una forma distinta de escribir, que es lo que hizo en Historia doble de la Costa. García Márquez, en su discurso de Estocolmo, formuló el problema al revés: el drama del Caribe no era la falta de imaginación sino el exceso de realidad, una realidad desmesurada para la que faltaban recursos convencionales. Los textos de este libro están exactamente en ese punto de tensión. No inventan porque no necesitan inventar.
Las doce obras que siguen pertenecen a esa generación de textos. Aquí hay un niño de diez años que construye un cohete de cartón en la cama de un hospital y le habla a la luna. Hay una cena de familia interrumpida por unas botas en la puerta. Hay un pueblo donde los manglares lloran las culpas que nadie confiesa. Hay un muchacho que abre un libro sin título y descubre que ese libro cuenta su propia vida. Hay un tambor recogido de una creciente que termina recorriendo el mundo. Y en la modalidad de poesía hay una muchacha que le tiene envidia a la muerte porque sabe callar sin despedirse, y hay un niño de quinto grado que le pide al mundo que no deje morir las hojas de los árboles.
Conviene reparar en la geografía de los autores: Cartagena, Turbaco y Barrancas. No es el mismo Caribe. Barrancas queda en el sur de La Guajira, lejos de la costa, y el poema que llegó de allá habla de montañas, de un río de plata y de nubes; los textos de Cartagena y de Turbaco están llenos de manglares, de canoas, de playas y de murallas. Que unos y otros quepan en la misma convocatoria es lo que hace de este un premio regional y no municipal. Dos líneas lo hacen posible, y vale la pena nombrarlas: el renglón del cuaderno escolar y la línea del horizonte, sea la del mar o la de la serranía. Cumplen la misma función, porque son el lugar donde algo se apoya para poder existir: el renglón sostiene la letra de quien todavía está aprendiendo a escribir; el horizonte sostiene la mirada de quien está aprendiendo a ver dónde vive. Ninguna de las dos es natural. Las dos se trazan. Por eso un concurso escolar, que parece un asunto de aula, termina diciendo algo sobre el país entero: lo que se traza en el renglón de un cuaderno en Barrancas no se queda en Barrancas.
Este año el concurso abrió por primera vez una convocatoria de poesía, y por eso tres de las obras que siguen son poemas. Detrás de esa decisión hay algo que observamos año tras año: no todos los jóvenes que quieren escribir encuentran en el cuento su forma. Algunos piensan en versos, otros en canciones, otros en diálogos. El programa tiene que hacerle lugar a esas maneras de decir en lugar de pedirles que se acomoden a una sola. Por ahí va lo que queremos para las próximas ediciones: abrir la composición de canciones, abrir el guion, y abrir aquello que los propios participantes nos muestren que necesitan escribir. Escribir el Caribe no es un género literario. Es una decisión sobre qué mirar y sobre quién tiene derecho a contarlo.
Detrás de cada uno de estos textos hay un docente que insistió y una familia que hizo lugar para que alguien se sentara a escribir. Dos de las doce obras llegaron escritas a mano, en cuaderno de colegio, y una de ellas trae al margen, con otra letra, una anotación del docente que dice «Excelente historia». Ese trabajo casi nunca se ve, no aparece en los indicadores y no se mide. Este libro existe, en buena medida, para hacerlo visible.
Solo me queda invitarlo a leer. A leer despacio, que es como piden ser leídos los textos de quien apenas está aprendiendo a decir lo suyo, y a reparar en lo que cada uno de estos doce autores decidió mirar.
Y va una invitación más, dirigida a los docentes, a las familias y a quienes tienen manera de respaldar programas como este: sigan empujando a los jóvenes a expresarse por escrito. Escribir sobre la propia realidad no es un talento que aparece de un día para otro; es un ejercicio que exige práctica sostenida y pensamiento crítico, porque antes de escribir hay que entender, y para entender hay que haberse hecho preguntas incómodas sobre el lugar donde uno vive. Eso no se resuelve solo en el salón de clase: se practica. Y practicar exige un espacio y un motivo. Eso es, en el fondo, lo que ofrece un concurso como este: no tanto un premio como una razón para sentarse a escribir y un renglón donde apoyarse.
Fernan Acosta ValdelamarRepresentante legal · Observatorio del Caribe Colombiano