Saltar al contenido
Escribiendo el Caribe 2025

Primer puesto, categoría B

Sueños de papel

Camila González

I. E. Promoción Social de Cartagena · grado 9.º · Cartagena de Indias, Bolívar

704 palabras · unos 4 min de lectura

El amanecer despertó como siempre, suave y dorado, pintando las casas y los árboles del pueblo. Juan era como cualquier otro niño, siempre con una sonrisa en el rostro. Nunca había salido a otro sitio, salvo cuando iba a la ciudad a acompañar a su abuelo a llevar mercancías. Soñaba con salir y explorar el mundo. A pesar del humilde lugar donde vivía, quería ir a todas las ciudades, todos los países, conocer muchas personas y verlo todo, como las cosas que aparecían en sus libros.

—¡Juan, ven, despierta! Tu abuelo ya volvió de la ciudad. Ayúdalo a cargar este saco de yuca —dijo su madre.

Juan, emocionado y con una sonrisa en el rostro, corrió hacia el camión. Era un día especial, porque su abuelo le había prometido antes de irse que le compraría un libro nuevo.

Saltó al camión. Apenas podía con el peso del saco, pero con la ayuda de su abuelo logró moverlo. Cuando terminaron, el abuelo le entregó un sobre de papel que guardaba un libro en su interior.

—Aquí tienes, Juanchito —dijo con una sonrisa cansada pero satisfecha.

Juan empezó a saltar de la emoción, abrazó rápido a su abuelo y corrió a la casa. Puso el sobre en la mesa y lo rasgó con cuidado, temeroso de dañar lo que había dentro. Entonces lo vio. Abrió la primera página con suavidad, y sintió un olor fresco, olor a tinta y papel recién impresos, ese «olor a nuevo» que tanto le gustaba. Con el corazón acelerado empezó a hojearlo, hasta que una voz rompió esa tranquilidad:

—¡Juan! Ven a ayudarme a preparar el almuerzo. Luego puedes seguir leyendo —dijo su madre al verlo. Juan, obediente, dejó el libro y fue enseguida.

Más tarde se encontró con sus amigos, Pedro y Antonio, quienes también habían recibido regalos ese día.

—¡Miren! Es una pelota —dijo Pedro—. Mi papá se esforzó mucho para conseguirla. ¡Ahora podemos jugar al fútbol!

Antonio mostró una flauta que le talló su hermano mayor. Estaba torcida, pero para él era lo mejor.

—¡Miren lo que hizo mi hermano! Él puede hacer de todo —dijo con orgullo. Tocó una nota desafinada que los hizo reír a todos.

El sol empezó a caer lentamente, dando paso a la fría luna que se alzaba entre las nubes, mientras Juan cenaba junto a su madre y su abuelo, con la emoción aún fresca de tener ese regalo tan especial y de compartir con quienes amaba.

—Cuando crezca quiero ir a París, a ver la torre Eiffel, a Inglaterra a ver el Big Ben, y también quiero ir a Bogotá. Dicen que hace muuuucho frío —dijo con voz inocente.

Su abuelo lo miró con ternura mientras disfrutaba su comida. Todo parecía en calma, hasta que el sonido de un motor resonó a lo lejos. No era el de un camión común: sonaba rasposo, ronco, brusco. El abuelo dejó la cuchara sobre la mesa y levantó la mirada con seriedad, como si un recuerdo amargo, turbio y cruel hubiera despertado en su interior.

La madre intentó sonreír, pero la mano con la que sostenía el vaso empezó a temblar.

—De pronto es un camión que se dañó en la carretera, ¿no? —susurró, intentando convencerse de sus propias palabras, aunque sus ojos reflejaban otra cosa.

El motor se detuvo muy cerca. Se escucharon unas botas pesadas golpeando las piedras.

—¡Juan, corre a tu cuarto! ¡Ahora mismo!

Juan obedeció asustado. Su corazón latía más rápido que un tambor. Pero entonces lo escuchó: un golpe seco en la puerta seguido de una voz áspera.

—¡Abran!

Al abrir, un estruendo sacudió la casa, seguido de los gritos desesperados de su madre y su abuelo. Luego, de repente, todo se detuvo. El silencio se mezcló con un olor penetrante a humo.

Los pasos se detuvieron justo frente a la habitación. El aire olía a humo y a miedo, denso y sofocante. Como si el mundo entero ardiera en silencio. Alcanzó a ver la sombra de un fusil en la pared, larga y oscura, como un monstruo salido de las peores pesadillas.

La manija de la puerta comenzó a girar.

Juan cerró los ojos, apretando su libro contra el pecho, como si fuera lo único que podía salvarlo.