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Escribiendo el Caribe 2025

Primer puesto, categoría A

Catalino, el pescador de canciones

Deiver Andrés Sejín Barrios

I. E. Nuevo Bosque · grado 6.º · Cartagena de Indias, Bolívar

627 palabras · unos 3 min de lectura

Esta historia está dedicada a la memoria de Catalino Parra Ramírez. Me gusta mucho la música y a él lo consideraba como un abuelito porque mi familia y yo lo queríamos mucho.

Catalino era un muchacho negro, corpulento y con una enorme sonrisa, que vivía en Soplaviento. Todas las madrugadas salía con su padre a pescar, ese fue el oficio que aprendió siendo un niño, pero le atraían mucho las melodías que el viento traía a sus oídos, especialmente las cumbias que sonaban en la radio.

Una mañana de agosto, después de una noche lluviosa, Catalino salió a pescar, como siempre. Cuando llegó al río, encontró en la orilla ramas y desechos que había traído la creciente, sin embargo, algo llamó mucho su atención, parecía un trozo de madera, de forma cilíndrica, con un pedazo de cuero en cada lado, era algo que jamás había visto.

Catalino se olvidó de la pesca. Sacó del agua aquel extraño objeto, le quitó los bejucos que tenía enredados y lo puso a secar al sol, aunque no sabía qué haría con él. Pasó todo el día mirando aquella cosa extraña y por la tarde regresó a su casa, una choza de barro y palma, donde su familia lo esperaba, pensando que llevaría los bocachicos para acompañar el plato de arroz. Su padre lo regañó, pero él miraba y acariciaba su descubrimiento, sentía que alguna magia debía tener.

Al día siguiente salió nuevamente a pescar. Quería quedarse para encontrar qué hacer con su cilindro de madera y cuero, pero siempre fue muy noble y no quería pelear con su papá. Al atardecer, cuando iba a amarrar su canoa para que el agua no se la llevara, halló dos palitos, ni muy largos, ni muy gruesos, enterrados en el barro. Fue como si, de repente, se le revelara el misterio, ahora sabía qué debía hacer con eso que había encontrado el día anterior.

Volvió a la casa con seis mojarras y cuatro bocachicos grandes, podrían vender una parte y comerse la otra. Después de compartir un rato con su familia se fue al patio de la casa y con los palitos empezó a tocar la madera y el cuero mientras salían de su boca algunas rimas:

«Ay, de los pájaros del monte

Josefa Matía

Ay, Yo quisiera ser canario

Josefa Matía

Ay, para cantar contigo

Josefa Matía

Ay, en los montes solitario«

Aquella noche, en el patio de su humilde casa, Catalino empezó a tocar la tambora, así se llamaba el instrumento que la creciente le había regalado, pero fue mucho después cuando lo supo, cuando llegó a buscarlo a su casa Toño Fernández, fundador de Los Gaiteros de San Jacinto, movido por el rumor de que, cruzando el Dique, había un muchacho que hacía cantar los pájaros y aumentar la pesca cuando tocaba. Catalino se fue con los gaiteros para sonar los cueros y cantar sus canciones, las mismas que lo llevarían a recorrer el mundo y lo harían inmortal. Le cantaba al amor, a la naturaleza, a la pesca que su padre le había enseñado a amar, a su Soplaviento del alma.

Donde quiera que iba Catalino, el pescador de canciones, lo acompañaban su tambora, sus letras y su sonrisa. Tocaba y cantaba cumbias, garabatos, bullerengues, fandangos y otros ritmos que alegraban el alma de quienes lo escuchaban. Cuando ya tenía 95 años, su voz y su sonrisa permanecían intactas, pero en el cielo lo necesitaban. Se fue un viernes de guacherna rodeado de sus hijas y sus nietos. Lo despidieron en su natal Soplaviento, con la bandera de Colombia en todas las calles, izadas a media asta, entre gaitas y tambores, lo llevaron en hombros al son de una de sus canciones favoritas:

«Ya se divisan los botes, ya se divisan los botes

que hace rato estaba esperando,

uno a uno van llegando al gran Puerto de Capote.

Soplaviento tiene, tiene de verdad

Una cumbia brava, brava, buena pá gozá.«

FIN