Saltar al contenido
Escribiendo el Caribe 2025

Mención especial, categoría C

Inconcluso

Jaider Enrique Martínez Villamil

I. E. Promoción Social · grado 10.º · Cartagena de Indias, Bolívar

621 palabras · unos 3 min de lectura

Era medianoche de domingo en un cuarto de hotel. Bajo la luz de una lámpara, una hoja en blanco mostraba solo un título: «El Asesinato Festivo». Frente a ella, un escritor permanecía inmóvil, con el ceño fruncido. Tomó el lápiz, pero lo soltó antes de escribir. Sus ojos se desviaron hacia un diploma arrugado en la esquina: un viejo premio literario. Sonrió con ironía. «¿Cómo lo logré aquella vez?» pensó.

Buscó excusas, pero el cuarto estaba ordenado, sin distracciones. La ansiedad lo apretaba; su taza de café estaba vacía y no había más. Al ver la hora, supo que apenas le quedaban dos horas. Resignado, se dejó caer en la cama, murmurando: «Ya qué».

Mientras se hundía en el sueño, un susurro, luego un toque, y finalmente un empujón lo arrojaron al suelo con las sábanas encima. Se incorporó aterrado: un hombre de gabardina gris lo observaba fijo.

—¡No me hagas daño! ¡Llévate lo que quieras! —gritó.

—¿Robarte? No vine a eso.

—¿Entonces qué quieres? —El escritor lo miró confundido.

—¿En serio no me reconoces? Tú me creaste. —El hombre sonrió con ironía.

Se inclinó sobre el escritorio y golpeó con el dedo la hoja en blanco. El escritor lo reconoció al instante: ese rostro, esa gabardina.

—¿Armando?

Comprendió entonces que estaba soñando. Armando agarro la hoja y la alzó mostrandosela.

—¿Te parece justo dejarme colgado así? Ni siquiera sé si soy asesino, detective o un mero farsante. ¿Sabes los problemas de identidad que me causas?

—¿Ya no soy suficiente para ti? ¿Me volví aburrido?

—¡No! Tu historia me gustó tanto que pensé en una trilogía…

—¿Entonces por qué no me has terminado?

El silencio lo delató. El personaje lo miró con decepción y esperanza. El escritor se dejó caer en la silla.

—¡Es que no se me ocurre nada! —confesó.

—Pero dijiste que tenías toda la trama en mente. —El hombre lo observó, confundido.

—Sí, pero una idea no es una historia escrita. Mira esto… —señaló la hoja en blanco—. Solo me salen frases secas: «Llega un policía, habla con el detective…» ¿Quién querría leer algo tan plano?

—Si no funciona, prueba diferente. —El hombre reflexionó.

—Lo he intentado todo: acción, terror, comedia… Hasta romance... Pero siempre pierdo las ganas a mitad de camino.

—Pues déjalo para cuando tengas cabeza. No tienes que escribir todo en un día. ¿Cuánto tiempo te dieron? —El personaje lo miró con compasión.

—Un mes… —murmuró el escritor.

—¡¿Un mes?! Entonces relájate, aún hay tiempo.

—Ya… pero me lo encargaron hace 30 días. —El escritor rió nervioso.

—¿En serio? —El hombre de gabardina lo miró decepcionado.

—¡Sí, lo sé! Muy irresponsable… pero si no tengo ganas, no escribo.

—Siguiendo tu lógica, yo tampoco iría a trabajar cuando no me apetece. Pero la vida no funciona así.

—Quizás no soy un buen escritor… —El escritor suspiró.

—¡No! —tronó el hombre—. No es autocompasión, es pura flojera. Yo sé de lo que eres capaz, ¿o ya olvidaste el premio que ganaste?

—Es que aquella vez estaba inspirado, me apasionaba.

—Pues haz que esto también te apasione. Escribir es encontrar fuego en la nada. ¿En dos horas? Da igual: toda fogata empieza con una chispa.

El escritor dudó. El hombre bufó, harto: Al final, el que pierde eres tú. Avísame cuando te dignes a escribir, mientras buscaré otro escritor. Y salió dando un portazo.

—«Me buscaré otro escritor»… ya verás, la próxima vez te escribo menos melodramático.

Se dejó caer en la cama, murmurando:

—¿Podré dormir dentro de un sueño?

Cerraba los ojos cuando golpearon la puerta.

—¿¡Ahora qué!? —gritó.

—Escritor… soy tu historia de romance. ¿Podemos hablar?

Se levantó como un resorte, corrió a la puerta y gritó:

—¡¡ARMANDO, ESPÉRAME!! ¡¡YA SE ME OCURRIÓ UNA IDEA!!

FIN