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Escribiendo el Caribe 2025

Segundo puesto, categoría B

La autolítica

Emmanuel Tapias Vázquez

I. E. Las Gaviotas · grado 8.º · Cartagena de Indias, Bolívar

959 palabras · unos 5 min de lectura

sentada en medio del vergel, Pabla Josefina Márquez maja e impecable con su vestido azul, lucia como una doncella rica y bella. Su familia era de alto estatus, y vivían en una morada colosal emperifollada. Era ingenua, párvula e incauta, lo único que le interesaba era la literatura y los cuentos fantásticos. Todos los que pasaban por el jardín floreado de su casa se quedaban más interesado en su belleza que en la despampanante mansión. No obstante, pocos notaban que detrás de la inocencia de aquella niña que leía cuentos de los hermanos Grimm, había algo más.

Un día, mientras miraba a los pajarracos comiendo alpiste, en su interior sintió un cumulo de pensamiento que la sucumbió, quería probar más cosas, no solo quería leer y pasar el día merodeando por la casa, sino que quería hacer algo que la dejara satisfecha. Lo que no imaginaba que lo que le pasaba sería su pase directo al manicomio. Pabla buscó realizar cosas que le interesaran. Inició con la culinaria, quiso hacer obras maestras y convertir un simple platillo en algo más sofisticado. Después quiso probar otras cosas.

–¿Tal vez la pintura? – Se preguntó Pabla. El arte que con matices precisas empapadas en un lienzo pueden duplicar a una persona o eternizar para siempre un paisaje.

–¿Tal vez la danza? –Se volvió a preguntar. El arte de poseer el movimiento como forma de manifestación de los sentimientos y que provoca el bramido y la admiración de las multitudes. Algo que apenas desea sentir cualquier persona sin talento, exactamente como ella.

Pabla Josefina, era en efecto, muy hermosa y pura, pero sin ninguna virtud o talento. No sabía hacer nada. No la enseñaron a hacer nada. No poseía ninguna gracia que destacaran en algo. Sin embargo, muchos pensaban que por su grandeza y belleza debía tener un talento o una virtud. Toda esa expectativa la llevaron a descubrir su falta de talento y despertó en ella una preocupación por querer hacer algo, pero desafortunadamente nada de lo que emprendía le salía bien.

Su madre Hermelinda Márquez López, una mujer fuerte que ya había escrito más de siete libros y se había retirado de su antiguo trabajo como pintora, era aclamada por unos y detestada por otros, pronto también empezó a preocuparse del porqué su hija Pabla josefina Márquez, no tenía un don, o algo que la hiciera ser especial, útil o exitosa. Para ella era una pena este suceso, más que eso, era algo insólito. Pabla, que no quería ser una vergüenza para su madre, viendo el dilema de su situación hizo lo que nunca alguien imaginó.

Sobre la mesa había un cuchillo de cocina, que su mente enferma lo hizo ver como un pincel con el que podía hacer arte, y por fin encontrar lo que ella y su madre deseaban: “tener un talento”. Con decisión lo tomó y se dirigió cuarto, y comenzó a hacerse una monstruosa abertura en la mano, la sangre derramada como en un manantial entre el tegumento desprendido, le hizo decir–¡Esto si es arte! –

Corrió por todos los pasillos de la casa, chorreando su crúor por el suelo. Se hizo otras aberturas en la cara y en los muslos. Todo era especial, simplemente arte. No sentía dolor, solo un placer infinito, por fin había encontrado su vocación.

–¿Por qué pintar mi piel de rojo no puede ser arte? – exclamó Pabla, mientras corría emocionada por el vergel, pero ya no quería usar ese pincel quería algo más. Atormentada, pensó en tirarse por ventanilla de su alcoba y en lo orgullosa que se sentiría su madre al ver su actuación. Corrió por la gradería, dio un paso desprevenido que le hizo rodar por la escalerilla y al pararse pudo ver las manchas de su propia sangre por toda la casa, todo le pareció hermoso, así que siguió su camino dirigiéndose hacia arriba, al llegar se paró en la ventana y orgullosa dijo: –¡Mira Dios por fin podré ser un ángel!

Entusiasmada, con todo el cuerpo sudado sangre y el rostro magullado, por fin se sentía tranquila, todo era parecido a los cuentos que leía. Se sintió por primera vez hermosa. Hasta que de pronto, despertó del éxtasis, lo primero que vio fue la extensa mancha en sus ropajes, inmediatamente sintió que sus pies estaban lastimados, divisó un cuesco pintado en su pierna, era muy exagerado, todo su cuerpo estaba malogrado. Entonces cojeando agarró su vestuario de princesa y se lo quitó quedando desabrigada sin nada de tela en el cuerpo. Corrió por la baranda de la gradería y al bajar sus huesos comenzaron a retorcer, estaban girando como abanicos, todo era fabuloso, como en un acto de teatro se clavó las agujas de su madre en el pecho, dejando que la rabia y la frustración de su falta de talento saliera por cada agujero. Como acto final salió de la casa, y a la vista de todos los vecinos horrorizados, llegó a la catedral de Santa Catalina, ahí, de cerca, le habló al Jesús crucificado que la veía sin ninguna expresión. Tomó una soga y mientras daba brinquitos, dijo con voz de satisfacción –¡Jesús mi cuerpo es un lienzo de alabastro reluciente, el cual puedes limpiar! –

Dejó de jugar con la soga, y con sus últimas fuerzas, la tiró hacía una lampara colgante de techo, la sujetó con fuerza y se la puso en el cuello. Haciendo de su obra de teatro la mejor dramaturgia. Impávida sin respirar, quedó colgada como una tela mientras que Jesús la observaba desde su cruz. Hermelinda, su madre, llegó después, acompañada de un tumulto de curiosos. Pabla Josefina Márquez estaba colgada de la lampara, desnuda e irreconocible, nadie pudo dudar de su talento. Era una obra de arte.